miércoles, 13 de noviembre de 2013

Vía Láctea

                       El desierto de Atacama, el más árido del planeta, situado a tres mil metros de altura, al norte de Chile, es una enorme extensión de sal en medio de un paisaje lunar que se pierde de vista al pie de los Andes. Su absoluta sequedad proporciona al aire una transparencia extraordinaria, lo que permite ver el cielo del hemisferio sur con una nitidez fascinante. Como el maestro que señala con un puntero los garabatos del álgebra en la pizarra negra, allí un astrónomo se servía de una linterna de rayo láser para explicar la gran fiesta cósmica que sucede en el firmamento. Sobre nuestras cabezas se extendía la Vía Láctea, las nubes de Magallanes, la Cruz del Sur, miles de millones de estrellas como una nutrida sopa de luces halógenas al alcance de la mano. La voz nocturna del astrónomo hablaba del origen de la materia a partir de aquella explosión de un punto diminuto como la nada, que creó el universo con el tiempo y el espacio, hace 13.700 millones de años. Mientras el astrónomo describía nebulosas y explosiones estelares, en la transparente oscuridad del desierto pensé que los dioses fueron creados por la astronomía y ha sido la propia astronomía la que los ha desbancado. Giordano Bruno fue condenado a la hoguera por afirmar que no había que hacer nada para ir al cielo, puesto que la tierra ya estaba en el cielo y al final ha resultado que el dios Sol no era más que una bomba de hidrógeno y Osiris, la deidad egipcia, solo era la estrella Sirio, cuya aparición anunciaba la crecida del Nilo. La imaginación de un universo con sus miles de millones de galaxias ha comenzado a formar parte de la conciencia humana. Estamos fabricados con polvo de estrellas, un hecho que ha engendrado una nueva mística, una espiritualidad revolucionaria. Aquella noche en el desierto de Atacama al final de la visión sobrecogedora del cielo estrellado, el astrónomo iluminó con el rayo láser el suelo del jardín para guiar mis pasos en la oscuridad sobre nuestra miserable tierra. “Cuidado con ese hoyo, no te vayas a romper la crisma”, me advirtió. Bajo el festín de las galaxias que se devoran entre ellas en el agujero negro, me dio un consejo: “Deja de mirar las estrellas cuando caminas, que el peligro de tu agujero negro está en el suelo”.

Columna de Manuel Vicent en El País.


 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Leí este texto el domingo. ¡Cómo me gusta Vicent! Me alegro de que a ti también. Saludos y hasta la próxima. N.

Silvia SBA dijo...

Sí, a ver si leo algun libro suyo pronto. Besos